La cultura, ¿sólo un negocio?. Carta para los legisladores del mundo.

El siglo XXI está aportando numerosos cambios en la sociedad (global). La crisis lejos de traer un período de reflexión sobre los modelos económicos ha conseguido que todos los poderes de negocio corran aún más rápido a consolidar su parcela, comprando o invadiendo o apoderándose de la del vecino si puede para lograr más poder si cabe. Y un reflejo de esto se vive cada día con la cultura.

Desde muchos de estos círculos se arremete contra la copia ilegal, o contra el intercambio por ejemplo de música. La verdad es que nunca nadie fue capaz de comprar toda la música que se editaba a lo largo de un año. La mayoría de nosotros no gana lo suficiente como para acceder a todo lo que se publica y por supuesto ni siquiera a lo que le gusta o pueda tener curiosidad por conocer. Siempre ha existido el intercambio como medio de difusión de la cultura. Por otra parte, uno de los sectores de la sociedad que siempre se ha diferenciado de los poderes y ha ayudado a cambiar la sociedad han sido precisamente el de los artistas, fuera cual fuera el medio que utilizara como expresión (pintura, escritura, música, etc.). No siempre se expresa por medio de su “arte” una ideología. Basta con conseguir una obra diferente, marcando una nueva tendencia, o también por medio de la belleza de la obra aunque no fuera en contra de los cánones de la época; pero siempre expresando un momento de inspiración por medio de una técnica en que nos transmite alguna idea o alguna sensación. Por supuesto, también de mucho esfuerzo.

A mi lo que me contraría de todo esto es que de gente que en su mayoría se espera una actitud diferenciada de la sociedad, por decirlo de forma más simple, de “otra pasta”, sea la que se muestre incapaz de luchar contra los poderes que en ellos influyen como son los que se dedican a la parte lucrativa de este trabajo. Los que venden ese trabajo. Y éstos son los menos. Aquí diez empresas controlan la creación de estos artistas y deciden si trabajan o no y en la mayoría de los casos deciden de una u otra manera cómo hacen su trabajo, para quedarse con una parte muy importante del rendimiento del trabajo de los que definitivamente son los importantes: los creadores.

Mi sorpresa es que no partiera de ellos mismos aprovechar toda esta polémica de los derechos de sus creaciones y reclamarlos para sí, y en lugar de pedir a los gobiernos leyes cada vez más restrictivas y sobre todo, una persecución tan intensa condenando a quien en definitiva son los potenciales destinatarios de su obra, no inviertan toda esa energía en cambiar precisamente ese control sobre la cultura que desde hace siglos ya reivindicaban los artistas. ¿No sería mejor que las leyes facilitaran el acceso de esa producción a la mayor cantidad de usuarios, como un derecho universal, y síntoma de una sociedad más enriquecida, plural y con capacidad de evolucionar? Creo que es importante lograr un punto de equilibrio entre negocio y cultura. Y esto sí que sería hoy una revolución que agradecerán las próximas generaciones, con lo que se contribuiría a dejar un legado bastante más rico.

De cualquier manera, si un grupo de artistas quiere continuar con el mismo sistema de producción, es muy libre de continuar en él. Desde luego hay una cosa que no podrán hacer: obligar a que compremos sus obras. Y aquí es donde podemos intervenir en este tipo de mercado los usuarios.

Ahora bien, hay cada vez más creadores que quieren ser más libres y no entrar en este tipo de mercado y ahí también los gobiernos tienen que intervenir facilitando con las normativas otros tipos de distribución de esas obras, protegiéndolas con los límites que el propio autor determine. No se puede obligar a nadie a tener que entrar en unos canales que distribución con una filosofía con la que no se está de acuerdo en modo alguno. Y estas obras también tienen que estar protegidas de especuladores que pretendan ser mercaderes de algo que los propietarios de la obra no quieren que sea negociado por ellos. Y ésta es la filosofía que estos mismos propugnan, con lo que seguramente estarán de acuerdo.

Algo si quiero dejar claro: una cosa es el intercambio sin fin lucrativo y otro el de hacer negocio sin autorización del propietario de la obra. Pero aquí también hay que reflexionar si las medidas de condenas que se proponen sean las adecuadas, ya que se llega a criminalizar de una manera haciendo en muchas ocasiones comparaciones para mí un tanto desorbitadas. Y como la vida está llena de contradicciones, en este aspecto tampoco pueden faltar. Lo digo por comentarios que se hacen por representantes de empresarios y representantes de éstos que llegan a manifestar que se puede hacer negocio con obras de autores que no estén en, por así decirlo, su lista de “afiliados”. Para mi deja esto bien claro que no son diferentes de aquéllos a los que pretenden condenar.

En definitiva, lo que molesta al autor es ver cómo otros hacen negocio con su trabajo y ellos no reciben una compensación a su esfuerzo. Esto es piratería y contra eso hay que estar. Otra cosa es que yo preste un libro o un disco a un amigo, o haga una copia sin fin lucrativo. O que en un acto se lea un párrafo de un texto de una novela o la letra de una canción o se cante alguna canción, incluso. Supongamos que yo adquiero un cuadro, lo cuelgo en la pared de mi casa, pero no puedo dejar verlo a nadie: esto es lo mismo.

Por otra parte, y a modo de pincelada, tendríamos que analizar si no sería mejor que si una empresa o sociedad gestiona los derechos de los autores, no pueda gestionar a la vez los de los editores (discográficas, editoriales, etc.). Parece como si un sindicato tuviera afiliados a empresarios y trabajadores: siempre acaba por surgir conflicto de intereses. Y quizá se acabaría por defender más a los empresarios que a los trabajadores, con la sana intención de que así se defienden mejor sus puestos de trabajo. Pero creo que sería un error.

Igualmente sería bueno que existiera un acceso público al registro de las obras son sus derechos de autoría. Pongamos como ejemplo que quiero grabar un disco y no puedo contactar con el autor de la obra que pretendo grabar. Tendría que estar tocando en la puerta de todas las posibles entidades que puedan representar sus derechos para poder solicitar el permiso del autor o bien hacer el correspondiente ingreso de dinero al mismo.

Y una última hipótesis: si cien personas crearan una empresa de gestión de los derechos de autor y tal y como se cobran en la actualidad en España, sin tener que justificar que esos potenciales creadores de los que se emite música en un local comercial, o en un autobús, etc., en año se hacen ricos sin tener a ninguno de esos autores como representado. Esto sería una auténtica locura.

Lo que está claro es que hay que inventar un nuevo sistema, respetando a todos los creadores, de la tendencia que sea y facilitando la difusión de sus creaciones. Proteger su obra de especuladores pero, a la vez, no coartar la libre difusión de la cultura. ¿Qué habría sido del flamenco si cada falseta se registrara como propiedad intelectual? Gracias a que esto ha sido posible el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, ha podido evolucionar.

Una buena base de todo esto, y precisamente por la defensa de la cultura como un bien patrimonial de la sociedad, a la par que la defensa de la libertad de creación, es la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LA UNESCO SOBRE LA DIVERSIDAD CULTURAL del año 2001.

Lo que sigue es un extracto donde resalto precisamente lo que comenté anteriormente:

Artículo 5 – Los derechos culturales, marco propicio para la diversidad cultural

Los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indisociables e interdependientes. El desarrollo de una diversidad creativa exige la plena realización de los derechos culturales, tal como los definen el Artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Artículos 13 y 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Toda persona debe tener la posibilidad de expresarse, crear y difundir sus obras en la lengua que desee y en particular en su lengua materna; toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respeten plenamente su identidad cultural; toda persona debe tener la posibilidad de participar en la vida cultural que elija y conformarse a las prácticas de su propia cultura, dentro de los límites que impone el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales.

Artículo 6 – Hacia una diversidad cultural accesible a todos

Al tiempo que se garantiza la libre circulación de las ideas mediante la palabra y la imagen, hay que velar por que todas las culturas puedan expresarse y darse a conocer. La libertad de expresión, el pluralismo de los medios de comunicación, el plurilingüismo, la igualdad de acceso a las expresiones artísticas, al saber científico y tecnológico -comprendida su presentación en forma electrónica- y la posibilidad, para todas las culturas, de estar presentes en los medios de expresión y de difusión, son los garantes de la diversidad cultural.

DIVERSIDAD CULTURAL Y CREATIVIDAD

Artículo 7 – El patrimonio cultural, fuente de la creatividad

Toda creación tiene sus orígenes en las tradiciones culturales, pero se desarrolla plenamente en contacto con otras culturas. Ésta es la razón por la cual el patrimonio, en todas sus formas, debe ser preservado, realzado y transmitido a las generaciones futuras como testimonio de la experiencia y de las aspiraciones humanas, a fin de nutrir la creatividad en toda su diversidad e inspirar un verdadero diálogo entre las culturas.

Artículo 8 – Los bienes y servicios culturales, mercancías distintas de las demás

Ante los cambios económicos y tecnológicos actuales, que abren vastas perspectivas para la creación y la innovación, se debe prestar particular atención a la diversidad de la oferta creativa, al justo reconocimiento de los derechos de los autores y de los artistas, así como al carácter específico de los bienes y servicios culturales que, por ser portadores de identidad, de valores y sentido, no deben ser considerados mercancías o bienes de consumo como los demás.

Artículo 9 – Las políticas culturales, catalizadoras de la creatividad.

Las políticas culturales, en tanto que garantizan la libre circulación de las ideas y las obras, deben crear condiciones propicias para la producción y difusión de bienes y servicios culturales diversificados, gracias a industrias culturales que dispongan de medios para desarrollarse en los planos local y mundial. Al tiempo que respeta sus obligaciones internacionales, cada Estado debe definir su política cultural y aplicarla utilizando para ello los medios de acción que juzgue más adecuados, ya se trate de modalidades prácticas de apoyo o de marcos reglamentarios apropiados.

DIVERSIDAD CULTURAL Y SOLIDARIDAD INTERNACIONAL

Artículo 10 – Reforzar las capacidades de creación y de difusión a escala mundial.

Ante los desequilibrios que se producen actualmente en los flujos e intercambios de bienes culturales a escala mundial, es necesario reforzar la cooperación y la solidaridad internacionales para que todos los países, especialmente los países en desarrollo y los países en transición, puedan crear industrias culturales viables y competitivas en los planos nacional e internacional.

Artículo 11 – Forjar relaciones de colaboración entre el sector público, el sector privado y la sociedad civil.

Las fuerzas del mercado por sí solas no pueden garantizar la preservación y promoción de la diversidad cultural, clave de un desarrollo humano sostenible. Desde este punto de vista, se debe reafirmar la preeminencia de las políticas públicas, en colaboración con el sector privado y la sociedad civil.

Por todo esto, creo que es necesario sentar unas bases que ya están fundadas como podemos apreciar desde 2001 y a partir de aquí sin dejarse llevar por pasiones desmesuradas, atender a las necesidades de todos: creadores y usuarios. En caso de no poder ser de otra manera, está claro que los gobiernos deberían establecer al menos dos maneras de hacer las cosas: la ya establecida de defensa a ultranza de los derechos de autor en cualquier contexto y circunstancia, y otra la de proteger la difusión de la cultura de aquellos autores que quieren hacer las cosas de otra manera y no entrar en este círculo, estableciendo unas reglas mínimas en las que a su vez se proteja su creación en cuanto al aspecto lucrativo, y se facilite la difusión de su obra por los canales que el propio autor quiera. Desde luego, los responsables políticos deben empezar a dar muestras de llevar a cabo su papel desde la reflexión, abstraerse de los intereses particulares de unos y otros, adaptándolos para que todos salgamos ganando. ¿Se imaginan que tras tanta regulación al darles todo el poder de censura y negocio a unos, finalmente no haya nadie que de una u otra manera consuma esa “cultura”? Muchas veces se olvidan los que marcan las reglas del mercado que la parte más importante del mercado la forman los consumidores. Y estos tienen el poder de consumir o no. Sería un auténtico desastre, y no creo que este sea el fin que persiga nadie. Pero, en definitiva la cultura ¿debe ser sólo un negocio? ¿Querer desarrollar el negocio de la cultura como alternativa de salida a la crisis económica actual no sería llevarnos a una crisis existencial aún mayor que la económica? ¿No podría ser un modelo este de economía sostenible que ayude a sentar unas bases de economía diferentes mucho menos agresiva y que una vez más desde la cultura se marque la pauta para un desarrollo global más humano y enriquecedor a nivel personal? Y lo más importante: ¿se puede permitir el lujo de dejar pasar esta oportunidad de hacer un mundo más racional?

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Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
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4 respuestas a La cultura, ¿sólo un negocio?. Carta para los legisladores del mundo.

  1. proyectopcd dijo:

    Si Yasmina, así son las cosas. Quizá es la postura más fácil por su parte.

    Me alegra mucho verte por aquí.

    Saludos.

  2. Yasmina dijo:

    Totalmente de acuerdo con lo que comentas en el artículo. Es un poco preocupante que en pleno siglo XXI, con todos los avances tecnológicos que tenemos hoy día, sigamos con una legislación que no tiene en cuenta a los creadores ni a los consumidores. Sólo se ven protegidos los derechos de las empresas que están detrás de los artistas, pero no ellos en sí. Y cierto es que se podría esperar que algunos de estos artistas empezaran a revelarse contra este tipo de sistema, en lugar de arremeter contra el público que, en última instancia, “consumirá” su arte.
    Espero que este sistema que no se sostiene por si mismo, empiece a tambalearse y finalmente triunfe la cultura y la difusión de la misma, sin tener en cuenta las clases y el poder adquisitivo.

    Un saludo, un gran artículo!

  3. proyectopcd dijo:

    Muchas gracias, Juanjo. Por supuesto que no incluyo sólo la música. El ejemplo es porque está muy de actualidad pero me refiero también al resto de disciplinas. ¿Por qué no se puede publicar un libro con más facilidades, por ejemplo? ¿Acaso ahora no se va a poder prestar un libro a un amigo? Pero lo más inquietante que veo de todo esto es que se vuelve con la legislación que se está cocinando a los tiempos del siglo XVII y XVIII en que sin un mecenas no tienes derecho a nada. Y esto lo que supone claramente es coartar la libertad de expresión del creador, independientemente de la disciplina a la que se dedique.

    Saludos, Juanjo.

  4. Juanjo dijo:

    Muy buen articulo, si señor, totalmente de acuerdo contigo. Aunque has puesto como ejemplo otras de tus pasiones que es la música, creo que es totalmente extrapolable a otros medios como las imágenes, diseño… en fin todo aquello que se puede “colgar” en la red de redes, gran culpable de todo esto, viéndolo desde el lado bueno claro. Pienso que esto es como todo en la vida siempre habrá diferenciación de “el que puede” y de “el que no puede”, “del pobre y del rico”…

    Un saludo amigo.

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