Tránsito. Relato.

Asalta su sueño el desagradable sonido del despertador que anuncia el comienzo de un nuevo día, una nueva rutina, y amanece el desasosiego de lo desconocido, que por previsible, no ilusiona. Tras la conmoción del primer instante, comienza a instalarse la realidad y el primer pensamiento que le asalta: hoy no voy a trabajar. Poco acostumbrado a darse algún capricho, rápidamente le perturba el hecho de que su instinto le haya jugado esa mala pasada. Lentamente se levanta y se dirige al cuarto de baño. Cuando comienza a afeitarse, se distrae con algún pensamiento sin importancia y se le seca algo la espuma que momentos antes había extendido por su cara. El paso de la maquinilla se hace por momentos algo más engorroso por la sequedad del jabón, dando un pequeño acelerón con su mano, lo que le provoca el inevitable corte con el consiguiente brote de sangre que ataja raudo con un pequeño trozo de papel y agua. Cuando acaba de afeitarse mecánicamente se toma el café que calentó en el microhondas. De nuevo al cuarto de baño a cepillarse los dientes. Intenta extender la atascada pasta dentífrica en el cepillo apretando el tubo con fuerza y el gran chorro de pasta se dirige rápidamente a su ojo izquierdo; aquél que tiene hace tres días con una conjuntivitis que ahora se vuelve más dolorosa, tras lo cual se viste apresuradamente y se dirige al garaje después de dejar el tubo de pasta de dientes en el suelo y el cepillo en el lavabo.

Arranca el motor del coche. Enciende la radio en busca de alguna buena noticia, y al accionar el mando para abrir la puerta, este no funciona. Insiste una y otra vez, pero nada. Mira el mando y vuelve a pulsar esperando que la pequeña luz roja se encendiera, pero nada. La pila estaba agotada. Con resignación vence la desgana, sale del coche tras volver a quitar la llave del contacto y se dirige a la puerta para abrirla con la lleve. Cuando logra que se abra la puerta, con la llave le da al contacto y se escucha, con el suave rugir del motor, la noticia de una nueva subida del euribor a cinco con cincuenta. Inicia el camino a la puerta y sale con cuidado, picando rápidamente las luces avisando a cualquiera que pudiera pasar en ese momento por la acera y asumiendo la nueva subida de 100 euros para la revisión de su hipoteca el próximo mes. Justo cuando decide hundir un poco más su pie en el acelerador, aparece el temido peatón. Hunde con fuerza el pedal del freno e intenta poner cara de amabilidad, aunque a esa hora del día, con la energía del momento, en su mente comenzaba a complicarse un poco el día.

Se le queda la buena señora parada en medio de la puerta, con una mirada retadora y amenazante a la vez. Por si fuera poco casi tiene que pedirle disculpas, no sabe bien a estas horas si por frenar bruscamente para no atropellarla o por haberse cruzado en su camino, mirándola a su vez con gesto de culpabilidad sin tener muy claro por qué, pero sabiendo, instintivamente, que es lo políticamente correcto a fin de que el proceso no se alargue más en el tiempo. Tras unos segundos ella emprende nuevamente su camino, pudiendo al fin incorporarse a la calzada en dirección a la oficina. Lo único que quería era dejarse llevar, a velocidad de crucero, a través del mismo camino de todos los días, pero esta monotonía conspiraba en su contra.

Gira la esquina siguiente, y a los tres metros un paso de peatones. Sobre las rayas blancas un hombre que camina hacia la acera opuesta y nuevo frenazo. Qué suerte haber frenado bajo las condiciones de luz tan paupérrimas, sobre todo teniendo en cuenta la vestimenta del caballero que, para colaborar un poco más con la desgracia lucía, es un decir, un chándal negro. Mientras lo sigue con la mirada y falsa sonrisa, en medio de la calzada se detiene el buen señor, se da media vuelta y llama a su perro, que de mala gana acude a la llamada de su amo, confundiéndose sus rayas blancas y negras con las de la carretera. En esto se detiene el animal y juntando sus cuatro patas, deja su huella humeante en el firme. Saca el oscuro amo un papel y recoge la prueba del delito, la introduce en una pequeña bolsa de plástico y se dirige a la otra acera junto al aliviado can.

Embrague, primera y acelerador. Cien metros más adelante el semáforo de cada día en esa esquina se percata de su presencia y rápidamente cambia a ámbar. Justo en ese momento, como si de un jugador de baloncesto se tratara, un joven estudiante en su camino al instituto gana la posición y por tanto su derecho de paso, pisando la calzada y cruzando con decisión, abortando cualquier posibilidad de pisar algo más el acelerador y así salvar la visión de esa luz roja que ahora veía encendida en el semáforo, que logra su propósito inicial de detener su camino. No queda más remedio que armarse de paciencia y esperar a la luz verde, símbolo de esperanza y libertad.

Ya había dejado atrás a su enemigo tricolor. Intenta incorporarse al carril de la derecha y el educado conductor que ve el indicador de su vehículo parpadeando, acelera reclamando para sí la vía. Un poco más adelante, para no toparse con una camioneta con todos los intermitentes en funcionamiento, se detiene bruscamente y para lavar su conciencia, lo hace unos metros antes.

Como siempre, estas maniobras están llenas de un lenguaje no verbal, no por ello menos expresivo. Y al detalle de bueno pasa ahora que no tengo otra cosa mejor que hacer, está la decisión de no pasar porque ahora no me da la gana, que te den por el saco; y el otro sigue esperando, eso sí, sin mirar y los brazos cruzados, a que se incorpore. Con la circulación ya restablecida y los demás conductores haciendo sonar la bocina, ya está bien, y el otro que sigue con su firme decisión de que no, no paso ahora, que te den bastante, mientras mira hacia el techo. Sin poder resarcirse de su mala obra el conductor egoísta continúa su camino. Finalmente, ve la ocasión para incorporarse al ansiado carril. Aprovecha la oportunidad con el orgullo alimentado a primera hora del día, buen alimento para el alma y recarga de energía para sobrellevar el resto de la jornada.

Por fin, ya está cerca de la oficina. ¡Qué suerte! Apresura su marcha para ocupar un sitio libre en la calzada donde aparcar. Justo cuando llega, ¡horror!. El vado que no recordaba. Continúa dando una vuelta y otra. Se lamenta de no haber pagado la plaza de garaje que le ofrecieron, que rechazó porque no paga para dejar el coche parado. En su marcha lenta, parece divisar a cierta distancia una luz amarilla parpadeando. ¡Uff! Parece que esta vez sí: falsa alarma. Justo se baja una señora que ahora le pide que espere un poco por favor, que voy a bajar a mi hija de su sillita, y lo único que consigue es esperar y un bocinazo procedente del conductor que le seguía y, como él, estaba a la caza y captura seguramente de un sitio para aparcar su coche: igual metiendo presión hacía desistir de su empeño al que tenía delante de él, no tenía nada que perder.

Después de veinte minutos, se rinde y decide aparcar su coche en el aparcamiento de la esquina. Mejor pagar ocho horas que llegar otro día media hora más tarde.

Cuando llega a las dependencias de su oficina sin dar los buenos días a nadie, se tropieza con la mujer de todos los días que viene a interesarse por su solicitud. Cuando la ve, se le caldea aún más el ánimo. Inspira profundamente y cuando se le acerca la señora, antes que medie palabra alguna,

-Señora por favor, un momento que ahora le atiendo.

-Llevo ya media hora esperando por usted.

-Sabe que la atención al público es a partir de las nueve.

-¡Yo lo que quiero es que me atienda alguien ya!, decía la señora con el tono de solucióname de una vez lo mío y punto.

Se dirige a su mesa y le vuelve la idea que tuvo al abrir los ojos esta mañana, pensando que igual hay que dejar rienda suelta a los instintos, más sabios que la reflexión la mayoría de las ocasiones.

Derechos de la obra

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Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
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4 respuestas a Tránsito. Relato.

  1. proyectopcd dijo:

    Todos nos hemos sentido así alguna vez. Agobiarse por el tráfico y el trabajo. Por eso igual mejor hacer caso a nuestros instintos de vez en cuando.

    Saludos.

  2. Juani dijo:

    Muy propio de ti la idea, cualquiera diria que has tenido alguna experiencia como esa, asi de animada y en días de descanso, vacaciones o de cumpleaños, que es como más fastidia.
    Me ha gustado mucho.

  3. proyectopcd dijo:

    Sí, lo mejor siempre que es posible, es el transporte público. Se evitan muchos problemas. Por otro lado, yo siempre digo que tenemos que escuchar más nuestra voz interior cuando nos habla. Suele ser más sabio ese que habla que nosotros.

    Saludos.

  4. micromios dijo:

    Es que cuando un pensamiento te susurra al oído a primera hora de la mañana que es cuando están más lúcidos no debes dejar de escuchar sus consejos.
    Por suerte voy en autobús.
    Salut

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