Cuando aprendí a pintar sin pincel. Relato.

Tras estar en París y Hungría, llegué a este país sin dinero apenas para comer. A la mañana siguiente, cuando caminaba por el zoco, escuché una conversación entre dos pintores en un inglés poco ortodoxo, en la que decían que el Emir recién había construido una gran mansión y necesitaba decorar todas las habitaciones. Con ese fin el día siguiente habría una convocatoria a la que acudirían artistas de toda la región, donde se seleccionaría a uno que finalmente llevara a cabo la ambiciosa obra.

Nunca tapicé, dibujé, pinté, ni tan siquiera como pintor de brocha gorda, pero la oportunidad de ganar un buen dinero para continuar con mi viaje a la India era única. Seguro que podría ganar más ahí que tocando la flauta a cambio de unas monedas o sirviendo té. Pero ¿qué hacer sin tener habilidad para estos menesteres? Por la tarde volví a escuchar en un corro a unos viejos lugareños que comentaban que el gran pintor Fu Mao iba a presentarse a la selección.

—Seguro que será el elegido -comentó uno de ellos.

—Sí. Si yo fuera uno de esos pintores que llegan estos días me iría por donde he venido -continuaba otro tertuliano.

Ante estos comentarios no pude reprimir mi curiosidad y les pregunté:

—¿Tan bueno es ese hombre con el pincel?

—¿De dónde sales tú? ¿Eres acaso uno de esos que llegan de todas partes a la prueba de mañana en el Palacio?

—Sí, vine para eso expresamente. Pienso ser yo quien haga la gran obra.

—Eres un insolente. Pero allá tú. Ya he visto a cuatro de vuelta a su país porque no se atrevían a enfrentarse a su talento.

—¿Hay algún cuadro de él por aquí que yo pueda ver?

—Nadie ha visto su obra. Ningún mortal es digno de contemplar tanta belleza.

—¿Entonces, tú has visto alguna obra suya?

—Yo también soy mortal, imberbe muchacho. Márchate antes que hagas el más espantoso de los ridículos.

Como el tono de la conversación estaba algo subido, preferí continuar mi camino y pensar algo original, ya que, dado mi nivel, la cosa no «pintaba» bien.

Para mi sorpresa en la mansión sólo nos encontrábamos esperando al Emir un viejo de pelo blanco, de ojos, chiva y bigote achinados, algo desgarbado, y yo. Unos minutos después llegó el Emir con gran majestuosidad, semblante serio, regios ademanes y andar decidido. Nos explicó en perfecto inglés que cada uno debíamos decorar una de las dos paredes más largas de la habitación en la que nos encontrábamos. El que fuera seleccionado, se encargaría del resto de la mansión, siendo muy bien gratificado. En primer lugar se dirigió a mí interesándose por el tiempo que necesitaba para realizar el trabajo. Muy seguro de mí le contesté:

—Lo que el anciano necesite, será lo que yo precise.

—Tres meses -contestó Mao.

—Así será, pues -sentenció el Emir.

Pensé qué haría yo tanto tiempo ahí, pero quería cumplir mi ilusión de vivir un año en Japón, aplazar la India para otra ocasión, y conocer el archipiélago como siempre quise, poco a poco, saboreando cada lugar. Me dije:«Kyoto te espera, ¿por qué no?»

El Emir corrió una gran cortina roja que dividía en dos la sala para que ninguno tuviéramos ocasión de ver lo que hacía el otro. Había una puerta de entrada para cada parte con lo que la independencia era total, lo que servía perfectamente a mi fin.

Durante los tres meses nos alojábamos en un cuarto dispuesto para cada uno de nosotros y al menos tuve cama y comida gratis durante ese tiempo. El problema era que si no ganaba estaría de nuevo en la calle tal como llegué: con hambre, sin dinero y sin el viaje de mis sueños. Sin embargo, me sobrecogió la idea de ganar. ¿Qué iba a hacer en veintinueve habitaciones como esa? Quizá fuera lo más lógico escapar ahora que podía, ya que esta gente no se andaría con chiquitas.

Llegado el día estaba más nervioso de lo que nunca había estado. Entraron el Emir y sus consejeros ataviados con unos ropajes suntuosos, perfectamente acicalados, y uno de ellos se dirigió a nosotros:

—Hoy se decidirá quién de ustedes será el elegido.

Al contemplar el mural del viejo se escuchaban exclamaciones por doquier. Cuando me asomé quedé estupefacto. Hubiera dicho que era una ventana si no hubiera sabido que en el exterior no había sino tierra, arena y sol.

Su pared era un vergel. El rocío que resultaba del choque del agua que caía de una gran cascada contra el cristalino lago, creaba una tupida cortina con los colores del arco iris al reflejarse en ella un rayo de sol que se abría paso entre los grandes árboles del bosque. Entre tanta vegetación habitaban aves, un tigre, y pavos reales. Fue la segunda vez que tuve ganas de salir corriendo, en esta ocasión a través del bosque, y perderme en la espesura para que no me encontraran.

Tras tantas muestras de admiración por parte de los presentes era el turno de ver mi trabajo. Aún estaba sumido en mis pensamientos de fuga cuando vi correr el cortinal. Al contrario que unos minutos antes, solo se escuchaba el silencio. Silencio por todas partes. Aún sobrecogía más que las exclamaciones anteriores. Me temblaban las rodillas. Pensaba en el hambre que pasaría y en el viaje a Japón. Pero a la vez…: «Quizá sea mejor así, si no, ¿qué iba a hacer yo en el resto de la mansión? ¿Llenar todo de espejos donde se reflejaran los invitados del Príncipe?»

Cabizbajos, los consejeros comenzaron a ir de un lado para otro de la sala ante la seria mirada de su Jefe. Justo cuando iba a intervenir para felicitar al anciano y arreglar tan incómoda situación, uno de ellos al mirarse en los espejos, llamó la atención del resto. A partir de ese momento sus semblantes se fueron transformando, sobre todo cuando uno se vio sentado en una roca que se hallaba junto al lago. El silencio se volvió murmullo y el murmullo aplausos. Al verse reflejados en la pared llena de espejos e integrados en la magnífica obra de Fu Mao, les daba la sensación de estar en un inmenso oasis en medio de aquél desierto que parecía no iba a tener que recorrer. Cuando el portavoz, tras acallar la ovación, dio como ganadora mi obra, más que nunca tuve que reprimir mis impulsos de huir al imaginar de nuevo el palacio lleno de espejos y sin nada más que espejos que reflejar.

Como lo que cobraría era más que suficiente para tres viajes a Japón, interrumpí tantas muestras de admiración para intervenir:

—Un momento por favor, me gustaría decir algo. Me siento muy halagado por el reconocimiento que a mi obra hacen sus señorías y el Emir, -inclinándome a modo de reverencia-. Pero sin embargo, como artista que soy, no dejo de reconocer la gran obra del maestro Mao y es por esto por lo que, si no tienen inconveniente, humildemente les ruego que den por seleccionado también al maestro, pues mi obra se engrandece junto a la de este gran pintor.

Tras consultarse unos y otros, el portavoz habló con el Emir y éste asintió. Al volver el consejero nos declaró a ambos seleccionados y fue cuando recobré el aliento. El anciano y yo nos miramos, cómplices, y dejó esbozar una pequeña sonrisa. Al fin podría conocer Kyoto, y de una pieza.


*Esta es una versión de un cuento que escuché a un cuentacuentos en Arucas, Gran Canaria.

Anuncios

Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Cuando aprendí a pintar sin pincel. Relato.

  1. proyectopcd dijo:

    Si, Japón podría influirle mucho, tanto en su arte como en su personalidad. Exquisita su comida, por otra parte.

    Saludos.

  2. micromios dijo:

    Bonito cuento, la imaginación supera cualquier obstáculo. Por suerte fue generoso el protagonista al reconocer la valia de Mao.
    Espero que en el Japón pudiera mejorar su arte. 😆
    Salut

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s