Robo a las doce. Relato.

Junto a la plaza, cerca de las abarrotadas terrazas donde la gente tomaba el aperitivo, había una gran algarabía. Algunos se acercaron y formaban un círculo alrededor de los cuatro policías que forcejeaban con un hombre alto, de complexión fuerte y gafas oscuras que ahora aparecían hecha añicos por el suelo abrasador. Algunos abandonaron sus mesas y corrieron alejándose del atronador disparo que sonó en medio de la pelea.

Cada vez se escuchaban más sonidos de sirenas azules. Los policías, que acordonaban la zona, intentaban disolver el tumulto. Cuando redujeron al hombre de la chaqueta de cuero negra, lo introdujeron en uno de los vehículos policiales que ahora iba a toda prisa a la comisaría. El camarero miraba en todas direcciones buscando a la gente que había huido de sus mesas, pero sólo volvió una pareja a abonar la cuenta para luego desaparecer.

Llevaban dos horas y media en la sala de interrogatorios y dos policías, sudorosos y ya algo desaliñados, continuaban con el detenido. Uno de ellos, dando un puñetazo en la mesa dijo:

—Se me está agotando la paciencia. ¿Qué hacías allí con el arma? ¿Esperabas a tu cómplice? ¿Dónde está el dinero del banco?

El detenido lo miró fijamente a la cara y esbozó una sonrisa. «Yo no tengo nada que ver con el robo, ya se los he dicho».

—Mientes. ¿Nos estás tomando el pelo? Déjate de sonrisitas y dinos el nombre de tu cómplice.

Cuando se le acercó y puso su nariz junto a la de él, y vio tan cerca los ojos del policía que parecían querer sangrar de la rabia contenida, empezó a tener miedo, pero intentó controlar el ligero temblor que su barbilla comenzaba a dibujar.

—¿De dónde sacaste el arma? ¿Por qué intentaste disparar a los policías que te detuvieron? Contesta, -dijo dando un gran grito el detective de bigote algo retorcido.

En esto, se abre la puerta de la sala y aparece el comisario. Tras pedir que lo dejaran solo con el detenido se quitó la chaqueta. Ya solos, ordenó que le quitaran las esposas al interrogado. Le dijo: «únicamente quiero saber el nombre de tu cómplice. ¿Fue él quien lo organizó todo verdad?». El tono, más que conciliador, parecía transmitir confianza.

—Porque me cae bien y ha demostrado saber estar, le contaré lo que pasó en realidad, -dijo el detenido, ahora más aliviado. Yo pasaba por allí casualmente. El verdadero ladrón pasó por delante de los policías. Iba vestido con traje azul y con el pelo engominado. Parecía un ejecutivo. Puso el arma en mis manos y continuó. Yo, de repente, me vi con aquella pistola sin saber qué hacer. Nunca había visto un arma y mucho menos la había tenido en mis manos. Cuando quise reaccionar, cuatro policías me estaban desarmando y en ese momento se disparó el arma. Quizá si en lugar de zarandearme para tirarme al suelo hubieran ido a por el arma desde el primer instante, no se habría disparado, no lo sé. Lo que sí sé es que quizá mi aspecto ya me había acusado.

—Y ¿por qué no lo ha contado antes? ¿Por qué tenemos que creerle ahora? Durante tres horas ya podíamos haber contrastado su versión. ¿No ha pretendido ganar tiempo para su cómplice?

—Yo soy periodista. Pueden llamar al periódico, donde por otra parte, estarán preguntándose dónde estoy. Justo iba a la editorial porque me iban a encargar un artículo. En un primer momento intenté decirles a aquéllos agentes lo que pasaba, y quién me había puesto el arma en la mano, pues además se había parado a presenciar cómo me reducían. Al dispararse el arma desapareció. De repente me ví dentro del vehículo, en medio del ruido de sirenas y a toda velocidad. Parecía que me llevaban en volandas. Más tarde cuando vi la manera en que me estaban interrogando, con la mente más fría, decidí que tenía una buena oportunidad de hacer un reportaje. Y veo que no me equivoqué.

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Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
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2 respuestas a Robo a las doce. Relato.

  1. proyectopcd dijo:

    Cuánta razón tienes, Carme…

    Saludos.

  2. micromios dijo:

    Hola Paco, las apariencias siguen siendo un punto importante a la hora de juzgar. Y por supuesto un periodista se someteria al tercer grado con tal de conseguir un buen reportaje.
    Salut

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