Alma de guitarra. Relato.

A través de la ventanilla del avión, veía cómo su tierra se hacía cada vez más pequeña a la vez que crecían sus recuerdos. A su mente vino una vez más el día en que pudo comprar su primera guitarra. Con su primer método comenzó a estudiar y unos años más tarde ya tocaba piezas que había escuchado en los discos de Andrés Segovia que pudo ir comprando con trabajos esporádicos que le iban surgiendo. Su sueño era tocar todos aquellos temas y viajar. Kansas City ya era un punto lejano cuando pensó en Italia, Alemania, Francia, España… Conocer la vieja Europa, donde tanta música había nacido y tanto arte se exponía en sus calles. Su equipaje, aparte de la ropa imprescindible, eran sus partituras y su guitarra.

Lo recordaba quizá con algo de nostalgia, pero aún con el brillo en los ojos de la emoción que le producía cumplir un sueño. Lo conocí un domingo cuando la tarde ya se escondía. Mientras se acercaba la noche, la luz iba dejando paso al sonido, por lo que desde el final de la calle se escuchaba aquella música. Fue un regalo para mis oídos. A medida que me acercaba se oía con más claridad y mi paso se aceleraba más y más. Para mí era un descubrimiento y, a la vez, algo que toda la vida había estado buscando inconscientemente. Ahí estaba. Abrazado a su guitarra que sonaba a través de un amplificador de esos alimentados por pilas que reproduce con más volumen el sonido de aquél viejo instrumento que unas manos prodigiosas hacían cantar de una manera asombrosa. La calle Sierpes tiene un encanto especial cuando se asoma la noche y las casas que se alzan a sus orillas ayudan a la música. Los preludios y estudios de Heitor Villalobos eran el maridaje perfecto para aquél instante.

Era un americano de Estados Unidos de Norteamérica de los que menos abundan, dispuesto a recorrer el mundo con su instrumento, un espíritu libre, más propio de la Edad Media o del Renacimiento, que vivía al día con lo que pudiera ganar, con su música a cuestas tocando en la calle y viviendo en pensiones y hostales. El duro invierno en Suiza o Alemania no fue obstáculo para mostrar su arte, usando incluso manoplas para abrigarse las manos, cosa que el público sabía agradecer recompensándole generosamente al depositar monedas en el estuche del instrumento que dejaba abierto para recoger su merecida propina.

Busco entre las partituras que él me dio algún vestigio de su nombre. Pero nada. La memoria juega con nosotros y esconde parte de nuestros recuerdos. Ahora que lo pienso, tampoco recuerdo cuándo ni por qué dejé de visitarlo. Quizá porque siguió su viaje a otro país, o a otra región. Pero sí recuerdo cómo sin conocernos tuvimos la confianza de intercambiar nuestro más preciado tesoro, que eran nuestras partituras, y pasar horas tocando uno para el otro en la pensión en la que vivía con su guitarra comprada a un luthier de Sevilla, Francisco Barba. Era magnífica.

El último país que había dejado para su viaje era España. Había estado en Salamanca, Madrid, Toledo y Córdoba. Pensaba que como guitarrista eran ciudades en las que había que vivir un tiempo, ya fuera una semana, un mes, un año… para estrechar ese vínculo definitivo con el instrumento. Impregnarse de sus raíces y conocerlo mejor. Cómo tocaba Sevilla, Córdoba, Granada, Cádiz o Rumores de la Caleta de Albéniz. Disfrutaba haciéndolo en plena calle, formando parte de un escenario natural impregnado del alma de artistas callejeros de otras épocas que presentía por los rincones de estas ciudades y se reunían con él, aportando un poquito de cada uno de ellos a través de su guitarra.

Aunque la memoria es efímera, su música no me ha abandonado. Una parte de él toca con los músicos que hoy hacen sonar sus instrumentos por las calles que veinticinco años antes transitó. Aún lo veo tocando en Sierpes o su habitación, y creo que no he escuchado una mejor versión de Villalobos, mientras en mi reproductor de discos compactos suena el preludio Lágrima de Tárrega.

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Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
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6 respuestas a Alma de guitarra. Relato.

  1. proyectopcd dijo:

    Hola Salva. Si, es un pequeño homenaje a esos músicos que viven de su música como pueden o como quieren, tocando donde les dejan y ante quienes quieran de verdad escucharles. En algunos casos, mejores que muchos que tienen todo un márketing detrás haciendo parecerles músicos.

    Saludos.

    P.D. No te arrepentirás del disco.

  2. Salva dijo:

    Lo mágico es cuando vas por la calle y de pronto escuchas una música que al instante te atrapa y sabes que quien la toca es bueno y merece la pena escucharlo. Yo no me puedo resistir a esos artistas callejeros a los que calidad les sobra y que viven la música de una manera tan especial.
    Buen relato Paco, y tomo nota del disco de Javier Riba.

  3. proyectopcd dijo:

    Muchas gracias, Jordi.

  4. Buen relate, me agita, me gusta.-

  5. proyectopcd dijo:

    Y suerte es también que te haya gustado. Gracias.

    En cuanto a Albéniz, hay un disco de Javier Riba que recomiendo con transcripciones de Albéniz para guitarra sola, editadas por Tritó. Se titula La guitarra soñada.

    Saludos.

  6. micromios dijo:

    Qué hermosa historia. y que suerte poder encontrar a alguien que forma parte de tus sueños.
    Salut
    PD: Suelo escuchar a menudo Cádiz y Granada de Albéniz

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