Un gomero en París. Relato.

Garajonay de todos los Santos se llamaba. Sus historias podrían pasar por cuentos de gomeros, que en la península serían de Lepe y en otras regiones, ya sabrán ellos cómo. Hasta hoy, siempre había creído que hacer referencia a los gomeros para hacer chistes fáciles sobre personas “algo despistadas” era del todo injusto, pues a los gomeros, precisamente, los tengo por bastante espabilados. Sí pensaba que, como suele pasar en todos los lugares, las mujeres gomeras sí eran más decididas, sobre todo para la contabilidad del negocio o de la casa, lo que se traduce en llevar, en definitiva, las riendas de la familia. Y llegué a esa conclusión porque ninguna tienda ni bar vi que no llevara nombre femenino.

Lo cierto es que Garajonay, de todos los Santos, nunca había salido de la isla en sus treinta y cinco años de existencia. De Garajonay, quiero decir. Nunca había viajado en avión, ni en metro. Y el “bocú” como al parecer le llamaban en su pueblo por sus “bembas” enormes, o por decirlo de forma más delicada, por sus gruesos y abultados labios, tuvo su primera experiencia en París. Siempre supo buscarse la vida. Aunque cursó sólo estudios elementales nunca le faltó trabajo. A los dieciocho años comenzó a trabajar en una pensión modesta que tenía una tía suya en Valle Gran Rey, que a falta de descendencia, hizo de segunda madre y ahora le había dejado la gestión del negocio, tras haberse jubilado hace un año.

Y aquí estaba. En el aeropuerto de París, esperando el vuelo de vuelta a Madrid para enlazar con otro a Tenerife. Desde ahí otro vuelo le llevaría a su Gomera del alma. Algo desesperado ya por las cuatro horas de espera debido a la huelga del personal de tierra del aeropuerto:

—¿Faltará mucho aún para salir de aquí? -me pregunta, creo que más por aburrimiento que por interés.

—Según los paneles de información aún no está claro, -le contesto.

—Para ser la primera vez que salgo de la isla no está mal…

—¿De qué isla vienes?

—De la Gomera, -respondió enorgullecido.

Y acto seguido me contó la historia de su vida.

—¿Y cómo fue la experiencia de viajar en avión y en metro?

—El avión no está mal. Parece magia. Te subes en un sitio, echas una cabezadita y te despiertas en otro sin enterarte. Lo del metro no lo sé. Me dieron un mapa lleno de rayas de colores que no entendí y preferí ir caminando. Con las guaguas pasaba lo mismo.

—Hombre…

—Estoy harto de los franceses, -dijo interrumpiéndome. Pero hay que reconocer que se lo tienen bien montado.

—¿Por la organización del país quieres decir? -le interrogué por seguir la corriente y que pasara el tiempo.

—Van a su rollo pero son ordenados. Lo digo porque desde que entras en el país ya te tienen localizado, vayas a donde vayas.

—¿Tú crees? -le pregunto con cierta ironía. Si precisamente es el país de la libertad… -le comento intuyendo un tono detectivesco o de película de espionaje en su comentario.

—Hombre, eso sí es verdad. Fíjate que el otro día iba por una avenida caminando y veo a un tío en la calle, a la orilla de la acera, en el carril de los taxis y las guaguas (aquí le dicen bus) parado en sentido contrario al de la circulación y manteniendo la chaqueta, que había puesto al revés, con las dos manos que había puesto por dentro, en las hombreras. Parecía un maniquí. Creí que estaba pidiendo o algo, y era su modo de llamar la atención, pero a medida que te acercabas veías un chorro que caía por debajo de la chaqueta. Y ¿sabes lo que estaba haciendo? ¡Tapándose porque estaba meando! ¡En medio de la calle, el tío! Después lo piensas y tiene razón. Aquí hasta para orinar tienes que pagar un baño público de esos o meterte en algún sitio a tomarte algo, que además es carísimo. O sea, que toca pagar. Pero sí, tienes razón, ahora que lo pienso, la gente es muy libre y no se extraña por nada. Pues como te iba diciendo, continúa su alegato tras el inciso, a mí me reconocían por donde quiera que iba. Pero lo más curioso es que también conocían a mi prima Mercedes. Realmente era prima segunda, la hija de una prima de mi padre. Merci trabaja en Tenerife en una agencia de viajes y ha viajado varias veces aquí, a París. Fue quien me contó que le gustaba mucho esta ciudad. Sobre todo cuando estaba iluminada de noche. Me enseñó algunas fotos y eran preciosas. Eso en la Gomera no se ve. Si lo sé vengo con ella.

—No creo que lleguen a tanto aquí, -le sigo instigando ahora ya con bastante curiosidad. Si fuera en Estados Unidos, a lo mejor…

—Pues fíjate que me conocían hasta por el apodo. Al tercer día ya me tenían tan cansado que me fui a una peluquería a que me raparan y me quitaran la barba. Pues al pagarle me vuelve a preguntar por mi prima.

—¿Pero qué me dices? -le pregunto incrédulo.

—Mira, yo me llamo Garajonay, como el parque nacional de la Gomera. Garajonay de todos los Santos: un amigo para lo que necesites. Y en Alajeró, me dicen el “bocú”, porque a mi padre también le llamaban el bocú, y como tengo la boca grande, pues me quedé así, -decía susurrándome para que no le descubrieran. Pues el peluquero cuando le pago me pregunta: ¿Merci bocú? Yo no sabía que la conocían tanto por aquí. A mí es que me gusta viajar tranquilo, sin agobios de gente. Pasar desapercibido…

En ese momento daban el aviso para embarcar urgentemente. En unos segundos le perdí la vista a Garajonay. Igual un día me voy de vacaciones unos días a Valle Gran Rey a escuchar alguna de sus historias.

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Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
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4 respuestas a Un gomero en París. Relato.

  1. proyectopcd dijo:

    Sí, se lió un poco. Saludos.

  2. Jose Luis dijo:

    ¡Gomero tenía que ser! Interpretando el “napa” es peor que Regorito, el mágico personaje creado por el inolvidable Pepe Monagas. Saludos desde la Isla Bonita, La Palma.

  3. proyectopcd dijo:

    Pues dicho queda. Saludos.

  4. micromios dijo:

    Jeje, una divertida anecdota que sirva para reflexionar sobre la libertad que tenemos y la que pensamos que tenemos y la diferencia de costumbres entre paises no demasiado lejanos.
    Salut

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