Caperucita feliz. Relato.

La siguiente es una visión particular de la versión del cuento de caperucita roja de Charles Perrault, primera vesión del cuento, desde la perspectiva de la madre. Desde el triste acontecimiento han pasado unos años, y …

Como cada año por estas fechas paso los días y las noches pensando sin pensar, mirando a ninguna parte. Un día tras otro lo paso balanceándome en la mecedora que mi marido con tanto cariño me construyó unos años atrás. No sé si este movimiento acompasado me alivia la pena que me devora, o si su ritmo cansino definitivamente me hunde un poquito más con cada oscilación.

Con el paso de los años no he podido olvidar la llamada del vecino cuando acudió a darme la triste noticia. Siempre que el tiempo lo permitía a ella le gustaba ir a casa de mi madre a llevarle mantequilla, queso, confitura, pan o tortas que elaborábamos por la mañana. Le gustaba mucho ir al colegio porque aprendía cosas que en casa no le podíamos enseñar, al tiempo que jugaba con sus amigas y lo pasaba bien. Por las tardes ayudaba en lo que podía en las tareas del hogar. En el campo siempre hay trabajo que hacer.

Aunque disfrutaba mucho ayudándome en la cocina, amasando pan o haciendo las galletitas de mantequilla que tanto le gustaban, lo que más feliz la hacía era llevarle a su abuela lo que hacíamos con tanto cariño y dedicación. Ella misma preparaba la cesta con lo que habíamos elaborado esa misma tarde y, cuando al día siguiente no tenía que ir a clase, se quedaba con ella a hacerle compañía y a escuchar las historias que su abuela le contaba cuando vivía con mi padre. Le relataba cómo habían levantado con mucho trabajo la casa en la que vivían, cuidaban los animales y el pequeño huerto que había en el terreno.

Escuchando las historias de su abuela a la luz de una vela se quedaba dormida y con sigilo mi madre la arropaba con cuidado para que no se despertara, apagaba la vela y se abrazaba a ella hasta el amanecer. Por la mañana era Caperucita quien despertaba a su abuela para que la llevara a ver los animales y recoger las hortalizas que servirían para hacer la comida en la olla, que a media mañana acercaba a la lumbre para hacer el guiso que tanto les gustaba.

Siempre quise que la vida no la hiciese madurar prematuramente como ocurrió con nuestro hijo. Desgraciadamente, pronto tuvo que dejar la escuela para dedicarse por entero a la faena de la granja y ayudar a su padre. A él le gustaba irse con las ovejas varios días al monte con nuestro perro labrador que marcaba el camino y ponía orden en el rebaño. Pero en el fondo, yo hubiera querido que tuviera una vida diferente a la de sus padres. Que estudiara e hiciera las cosas que hacen los niños a su edad, pero la vida despierta los sueños con su realidad. Por eso, cuando nació Caperucita, su padre y yo, decidimos que nos esforzaríamos para que ella tuviera una vida diferente a la nuestra y a la de su hermano.

Siempre fue una niña feliz. Cuando llegaba la Navidad le gustaba recoger ramas y hacer un pequeño arbusto que decoraba con bayas rojas y hojas secas, llenaba un balde con piedras y colocaba su árbol en medio de las piedras para que se mantuviera en pie. Luego le ataba algunos de sus lazos rojos que en esa época no recogían su pelo, pero daba colorido a su obra. Por esta razón, en Navidad siempre lucía trenzas en lugar de las dos coletas rubias y grandes del resto del año.

Tenía muchos amigos, pero no solo en el colegio. Cada pájaro, cada mariposa, cada ardilla del bosque cuando la veían corretear salían confiadas a su paso y ella hablaba con ellos. De regreso a casa siempre nos contaba a la hora de cenar sus conversaciones y tenía alguna anécdota que acababa sorprendiéndonos. Su ilusión y su imaginación hacía que el duro trabajo del día tuviera su recompensa. Nos ayudaba a todos a descansar y recobrar energía para el siguiente día.

No sé qué es lo que echo más de menos, pero si pudiera elegir volvería a querer una vida así para ella… La inocencia acabó con su vida, pero también hizo que fuera muy feliz. Y desde luego, cuando nazca mi nieto en primavera, me gustaría que tuviera una vida tan llena de ilusión como la que tuvo mi hija Caperucita.

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Acerca de Proyectopcd

Utilizo la música, fotografía o los relatos para poder vivir mi utopía.
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